Producir arte es siempre una impostura

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Cualquier obra de arte demanda la acción de un artista.

La figura del artista ha sido desvirtuada como consecuencia de los mercados. Ahora es imposible retroceder y liberar al artista del esclavismo económico subyacente. No hay salida y la caja negra del arte no puede abrirse para mostrar ni la triste solapa de un sello de correos. Aquellos que crean que producen obras de arte en realidad trabajan para el diablo. Son ilusos y creen en su carrera como un corredor de bolsa, un cirujano o un intelectual que acumula premios.

No tenemos suficiente perspectiva para evaluar un presente pavorosamente enquistado. Las industrias culturales se esfuerzan en promover acciones y eventos que sean del beneplácito de las administraciones públicas, y en última instancia, de un público acomodado, gobernado por el culto de la imagen icónica y los mitos vivientes (estrellas del séptimo arte, literatos estrella, subastas multimillonarias, celebridades de moda y los músicos que rellenan estadios olímpicos como un concierto de grillos dentro de una caja de zapatos en una gasolinera abandonada).

La obra anónima de calidad puede ser una alternativa en un sistema egocéntrico en lo referente a la autoría y la experiencia de la libertad artística. Pero nadie quiere ser un artista anónimo y desconocido. Es el mayor de los pecados.

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